Entrevista: La minificción de Agustín Monsreal

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Óscar Alarcón. Usted está muy ligado a la ciudad de Puebla.

Agustín Monsreal. De alguna manera. En mis épocas de maestro he tenido contacto con gente de aquí y hemos trabajado muy bien, muy a gusto. Y ahora que he hecho nuevos amigos, viniendo a propósito de la publicación del libro que está por salir, más todavía.

ÓA. Estará platicando de un género que entre el siglo XX y el XXI parece ser un género nuevo, y sin embargo, si nosotros echamos la vista atrás ya se hacían minificciones desde inicio de siglo XX formalmente.

AM. Encontrarlo formalmente es con Julio Torri y Alfonso Reyes, ellos son los autores que sentaron las bases. Posteriormente, Edmundo Valadez que empezó a recoger en la revista El cuento lo que todavía no se conocía como minificción, él fue incluso el que lo bautizó así, y le llamaba minicuentos, para llevarlo a la revista El cuento, y que tuviera esa cabida y de ahí empezó a crecer y a crecer. Se ha multiplicado de una manera extraordinaria verdaderamente.

Ya es un género que adquirió carta de naturalización como género literario. Ya es aceptado en todas partes.

ÓA. Juan José Arreola también intervino.

AM. Arreola, Monterroso, son los paradigmáticos del género en nuestro país. Los maestros, nuestros maestros.

ÓA. ¿Cómo ha percibido la aceptación de los lectores del género minificción? A veces es complicado comenzar a leer los grandes libros de minificciones.

AM. Creo que tiene un grave problema el que se esté haciendo tanta minificción: que los lectores se convierten en adictos a la minificción y empiezan a su vez a escribir minificción. Entonces ya somos muchos.

Lo de la adicción me parece extraordinario que se haga porque se están multiplicando, están saliendo muy buenos autores y eso aumenta la cantidad y también la calidad. El tiempo después hará lo suyo y nos dirá quiénes sí y quiénes no, pero lo bueno es que ya es un género tan aceptado que a donde usted vaya va a encontrar que la minificción ya se trata como género literario.

ÓA. ¿Tiene alguna teoría en la que pudiese caber alguna característica en la que usted pudiera decir “esto sí es minificción” o “esto está más cercano al haikú” quizá, o a los poemínimos?

AM. Es que todo eso forma parte de la minificción. Yo incluso por eso prefiero el término “minificción” al término “microrrelato” o “minicuento” porque lo ciñe un poquito a que es la estructura del cuento canónico. En cambio la minificción acepta el haikú, acepta el minipoema, acepta la greguería, acepta cualquier manifestación de brevedad: el aforismo, cualquier cosa breve porque es un relámpago de la inteligencia.

Es únicamente ese instante que se captura y que va a dar directo a donde tiene que dar, no hay palabras de más, no hay palabras de menos. Tiene la concepción hecha por sí misma.

En ocasiones, estábamos platicando hace rato con Fernando Sánchez Clelo, estas posibilidades de la minificción que nos da el hecho de que puede partir de algo ya muy conocido y ya no necesitamos mayores explicaciones para que la minificción funcione porque se está compartiendo con el lector un hecho ya conocido al cual el autor le está dando una vuelta de tuerca, lo está convirtiendo en algo nuevo.

Mencionamos los poemínimos de Huerta, y bueno, él hace del lugar común, con el cambio de una letra, algo extraordinario: “del dicho al lecho…” ¡Y ahí ya cambió todo!

Octavio Paz —no se lo imagina uno diciendo eso pero lo dijo—: “no tengo ni siquiera una mujer donde caerme muerto”. Eso nos ayuda mucho para la minificción, estamos apelando a un conocimiento previo por parte del lector. Ahora, el reto, el gran reto está en encontrar precisamente cómo hacer que ese texto caiga exactamente en donde tiene que caer, tanto en la inteligencia como en la sensibilidad del lector.

ÓA. Las redes sociales permiten que los lectores se acerquen muchísimo más fácilmente a las minificciones, hablemos de Twitter por ejemplo, y que está muy en boga el término Twitteratura ¿a usted le agradan este tipo de manifestaciones?

AM. Me agradan por el lado en el que se están manifestando. En cuanto a la manifestación en sí. Lo que siento que puede ser un tanto peligroso es la falta de rigor, la falta de conocimiento literario como para saber qué es lo que se está haciendo.

La minificción no es una mera ocurrencia, no es nada más algo que es chistoso, “ah bueno, lo suelto como un detalle o como algo que se me ocurrió”, puede ser que algunas salgan bien, pero hasta ahí. Encontrarse con un libro de ocurrencias, yo no lo aceptaría. Por eso, los libros de minificción que conozco están más pensados, más interiorizados y se puede expandir hacia el mundo de afuera: el telescopio empequeñece al universo, es el microscopio el que lo agranda.

Estamos acostumbrados a las novelas de 600 o 700 páginas y de repente nos encontramos con 4 letras o algunos que ni siquiera usan palabras.

ÓA. Me acuerdo mucho del texto de Óscar de la Borbolla, que se llama “El más pequeño” y son dos signos de interrogación y dice: ¿Y?

AM. Pero hay uno de Guillermo Samperio que es “El fantasma” y está la página en blanco. Ya empiezan a ser retos en los cuales el propio autor trata de ir a buscar hacia dónde puede moverse, cuáles son los límites, cuáles son las limitaciones que tiene como autor. Eso va haciendo que el género se engrandezca y se vaya haciendo cada vez más grande cada día.

ÓA. Sabemos que hay una tradición muy amplia en nuestro país sobre los talleres literarios, ¿usted conoce o dirige algún taller de minificciones?

AM. Actualmente, ya. Hasta hace poco en México la minificción no era objeto tratable como tal en un taller literario. Llegábamos al cuento, a veces llegábamos a ver cartas, viñetas pero todavía no estaba definido el término como tal, todavía no era un género literario. Tuvo que pasar un buen rato, la desaparición de la revista El cuento, que empezara la nostalgia por la revista y todo lo que había dejado, que empezaron a decir “ahí está la cuna”, ahora ¿cuál es la mano que mece la pluma?, vamos a ver cómo estuvo eso y entonces empezó a volcarse.

Yo me di cuenta cabalmente de lo que significaba esto cuando tuve la oportunidad de ir a la feria del libro de Buenos Aires hace 4 años. Darme cuenta de que la minificción ya tenía sectores especiales, empiezo a ver que lo mismo pasa en Chile, Colombia, Venezuela y hay pilares de la minificción en todos estos países. En toda América.

ÓA. Algunos le llamaron “cuen” para no llamarles cuentos.

AM. Se estaba buscando cómo afianzarlo como género literario. Actualmente de lo más aceptado es minificción.

ÓA. Nos podría recomendar a algún autor de minificciones que esté leyendo y que lo haya atrapado últimamente.

AM. Últimamente sigo leyendo a los de antes, y sigo pensando en Augusto Monterroso. Están los jóvenes, o por lo menos la siguiente generación a la mía en donde están José Manuel Ortiz Soto, Fernando Sánchez Clelo que son los que vienen empujando muy fuerte con conocimiento de causa, que saben lo que están haciendo, que no es una mera aventura literaria sino que ya es parte de un destino literario por parte de cada quien.

ÓA. Recordar a “La oveja negra” es importante para este momento que atraviesa el país.

AM. Sí, no solamente son lecciones de literatura lo que podemos obtener, son lecciones de vida, y para mí eso es más importante todavía porque en términos generales yo creo que la literatura no es nada más entretener, también hay que emocionar y también hay que instruir acerca de la condición humana. Si no hay un poquito detrás, se diluye y no adquiere la verdadera importancia que debe tener.

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