#Cuento: La noche nos pertenece: Gerardo Horacio Porcayo

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Gerardo Horacio Porcayo es uno de nuestros escritores favoritos y ¡viene de nuestra cantera! Egresado del Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica de la BUAP, se ha consolidado a nivel internacional como uno de los mejores exponentes de la Ciencia Ficción.

El Cuerpo del Delirio

Este viernes presentará su más reciente novela “El cuerpo del delirio“, con la cual obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano, en Profética Casa de Lectura a las 19 hrs. Desde aquí le mandamos un abrazo a Gerardo y ¡Muchas felicidades!

Y para que ustedes se den una idea del estilo de Porcayo, compartimos con nuestros lectores el cuento: “La noche nos pertenece“, el cual está incluido en el libro Sueños sin ventanas editado por la Dirección de Fomento Editorial de la BUAP

La noche Nos Pertenece.

El olor de Azzaro, el aliento de tic-tacs, la Polo bien planchada, el Cougar recién lavado y la noche que apenas empieza a prender aunque ya pasan de las diez y nada, nada parece salir como lo planeaste; la australiana en el asiento de atrás, todavía reniega, encabronada, sin acabar de convencerse, de decidir qué puto lugar le molesta menos para ir; vestida con los primeros trapos que encontró, ai nomás medio combinados con su cachonda faldita de cheerleader y los pinches tenis que parece nunca va a quitarse y, en eso, hasta la Afriquita se la lleva de calle, con zapatillas y las mejores galas, aunque sean del año pasado, pero arreglada para salir contigo… y el casete que sigue perdido en la guantera, el bueno, el que cambiaría el ritmo, y a falta de pan… metes el que se niega a quedarse en el fondo, y al principio no hay sonido, puro scratch de LP rayado, luego el claxonazo, voltear a la izquierda y ver a Giovanni que se te empareja, todo sonrisas y bromas, todo emocionado porque es viernes y quedó de verse con unas colitas en el News y propone te unas a la expedición, con australiana o sin ella, porque viejas siempre hay de sobras y las notas histéricas en el estéreo y la australiana, desde atrás, queriendo saber, sin acaba de entender una chingada de español, de qué va todo aquello. A bailar, vamos a bailar, fucking dancing time, dice Giovanni, moviéndose a lo loco, el copete despeinado, la sonrisa más crecida, cuando los adelanta, los reta. Perseguirse mutuamente, perseguidores de fiestas en una ciudad llena de antros y calenturas; el Cougar rugiendo y la impaciencia que vuelve, resucita, te quemas, cuando miras por el retrovisor a la australiana pintándose como siguiendo un impulso largamente pospuesto, readquirido con esa canción de Mecano que retumba en las bocinas: sombra aquí y sombra allá / maquíllate / maquíllate / un espejo de cristal / y mírate / y mírate… y pensar para qué la quieres maquillada o incluso vestida si lo que te urge es comerte el pastel, no andar como niño baboso, viendo aparadores, agarradito de la mano en una pinche cena; a lo que te truje, chencha, al ataque y olé, matador que el pantalón está a punto de reventar ahí donde se unen las piernas y el News aparece como escenario de una obra titulada ¿qué onda nena, matamos al oso sin piedad y a puñaladas?, time to get closer, to get hornier, time to fuck, baby, aunque al News sólo se vaya a bailar , pero ahí va pura gente ufff, ¿ves?, o sea, ¿no?, y hay que buscarle por todas partes, porque la pinche australiana anda volada, rompiendo banqueta por el wey que la dejó plantada, por un pinche indio que ganó las olimpiadas pero ni a vocho llega y tú aquí con tu Cougar, tu estéreo Alpine y llantas Pirelli quemándose en cada trompito que te echas frente a los semáforos, desafiando a la tira, que al fin y al cabo traes charola y te vale madre que los pitufos traigan kawasakis, porque si se pasan de pendejos hasta las grandes influencias sacas, y ni quien te la haga de pedo; llegar pintando neumáticos y relucir tu Rolex Rey Midas cuando te dejas catear, los cadeneros atajando a Giovanni, pidiéndole su cartilla y el muy pendejo con sus me la tienen retenida en la uni, compadre, pero te juro que traigo veinte, y ya se fue al carajo la bailada; la australiana que no entiende nada, cuando tratas de meterla al Cougar, they say that he’s still a fucking kid, but we’re gonna go to a better place, y el Giovanni que no se resigna, el Giovanni que trata de marear a los cadeneros, que la australiana nomás está aquí el fin de semana, que qué mal se va a ver México si no los dejan entrar, y al final te hace ir a buscar a la pendeja, la puta de Jenny, uh, tanto para eso, estás perdiendo estilo, compadre, carne añeja, carne sobreusada perdida en ese atascadero de viejas y weyes, en ese pinche desmadre y lo peor es que también te la tiraste y con estas calenturas y las jetas de la australiana, hasta ganas tienes de darle una repasada, por los viejos tiempos, por pura salud, porque ahorita hasta la pinche África ha de andar caliente con su jodido noviecito chafa, y buscas y buscas entre estorbos, codazos y repegadas de camarón a buenas nalgas en esa pista que para variar está hasta la madre, entre mesas repletas, a media luz y bolitas de gente rodeando a algún pinche artista y mandiles que esperan ser descubiertos como grandes talentos; y nada, el puto de Gabriel en un rincón agarrándole la mano a la peluda de Teresa, a su noviecita santa que de santa tiene lo que tú de esquimal y sólo por arruinarles el momento vas a preguntarles , vas a hacerte el gracioso con la peluda, a poner rojo al pinche Gabriel, rojo de coraje y si no fuera porque una vez le partiste su madre, ya estaría echándote bronca; rematas con un guiño, un gesto-promesa de llamada a la peluda y aprovechas para dar una vuelta más y checar la mercancía con el Josie’s on a vacation far away / Come around and talk it over de The Outfield haciendo maravillas a las minifaldas de un cuarteto de trigueñas, con calentadores y toda la cosa; un pinche desierto, le dices al Giovas y de puro coraje deciden lanzarse al Studio Taco que la onda nomás es lucirse con la pinche australiana porque I just wanna use your love tonight / I don’t wanna lose your love tonight y traer, ahora sí, luego de encontrarlo bajo el asiento a la luz de la mera entrada del News, el casete de Miguel Ríos a todo volumen: pero el rock no tiene la culpa / de su re-PUTA… ción… Los cristales abajo, las piernotas blancas ya al lado de la palanca de velocidades que cada rato se te resbala y te deja la palma sobre ellas, sólo para recibir los clásicos manazos en el hombro y stop it, stop it, stop it y tú nomás te ríes y el pinche Giovas haciendo sudar el Tsuru en la persecución por Insurgentes, porque la noche es joven y nos pertenece y la patrulla que los alcanza, y el pinche tira bien encabronado, los vengo siguiendo desde hace quince minutos, y piensas que ya se te armó, pero el méndigo pitufo nomás quiere para llevarle el gasto a la pitufina, porque la crisis ta dura, jefecito… y los niños y el metro que ya subió… y le das pa sus chescos y ai muere. Meter el carro al estacionamiento y hacerle a la mamada con la australopiteca culera, abrirle la puerta y portarse muy caballero a ver si así se decide a aflojar y se deja de olímpicos pendejos y chingadera y media que tú lana tienes que pagarle hasta la sonrisa y el mesero muy servicial y tú, ante las indecisiones, pides la carta completa, ¿cómo?, dice el mandil, la carta, tráenos la carta entera de cocteles y tres huaraches con bistec, y a bebe se ha dicho, mientras empiezan a llenar la mesa con vasos y copas de todo color y la gente a tu alrededor no para de mirarte y comentar en voz baja y la pinche australopiteca que empieza a quejarse porque acaba de volverse otra vez vegetariana y nomás está pellizcando la tortilla y empieza a elegir todo lo que parece combinado de frutas y tú sólo piensas que es mejor así, a ver si se embriaga rápido y te da chance; y el Giovas socializando, el Giovas que empieza a saltar de mesa en mesa, tratando de conseguirse compañía, mientras tú le das al inglés y procuras que la pinche güera se ponga más cariñosa, this is our night, baby, we are meant to be together, pero lo que se pone es eufórica por el video de Square Rooms y se trepa a la mesa, pone en práctica sus rutinas chafas de porrista y por un momento sientes que vas a explotar, hasta que subes la mirada y ves la tanguita bajo la falda, las nalgotas moviéndose, temblando como gelatina y los weyes vecinos también empiezan a babear y la guerra arranca, porque las pinches viejas no se pueden quedar así, tan tranquilitas, y también se trepan a las mesas, compiten, mueven el trasero de mezclilla, de gabardina, de lana en mallas que no muestran lo que la australiana, en círculos que lo aceleran todo y hasta el de la música parece atento porque el ritmo sigue subiendo y a la pinche australiana ya le vale madres lo que se mete y tú no paras de ofrecerle vasos y copas que se bebe como agua mientras suda y suda y no parece dispuesta al repliegue, a dejarse vencer por el resto de las zorras que no consiguen la mirada exclusiva de sus parejas, la atención del pinche lugar que parece esperar un remate de strip-tease australiano, de strip-tease gringo, porque, hasta eso, han de pensar que es una pinche texana, una güera chafona porque más parece alemana con esos hombros y esa altura, con esa buenura que termina siento exótica de tan extraña, de tan ajena, de tan niña crecida más que de mujer, pero es eso, no otra cosa, lo que te gusta de ella, porque estilo, lo que se dice estilo, cero, más con esos tenis percudidos que nunca se cambia y como quien no quiere la cosa acercas la nariz para checar si le apestan, porque no hay nada que te enfríe más que el mal olor de una vieja marrana, aunque, hasta eso, la australiana se baña a diario, no como la francesa que acabaste tirándote de puro compromiso, porque las axilas le hedían a campesino, a cargador de La Merced y en esos pinches laberintos andas cuando reaparece el Giovas, ya hasta la madre de briago, queriéndose subir a la mesa, a bailar con la australopiteca y tú, mejor bríncale compadre, y los hidalgos se hacen presentes y también los gritos de mariachi del Giovas que empiezan a cambiar la dinámica y hasta los ánimos del que pone los videos y la güera al fin vuelve al asiento, toda sudada, se recarga contra tu pecho, moja tu Polo y estás a punto de mandarla a la fregada cuando te acerca los labios, el bigote de gotitas saladas, pero ya a estas alturas eso también te vale madres y te dejas querer, le metes la lengua, los dedos hasta donde alcanzan, sweet wetness y el Giovas mariachi no deja de gritar y lo peor llega con José Alfredo y su famosa Ella, porque entonces ya nada le impide subirse a la mesa y ponerse a berrear como cerdo en el rastro, y tú, tan a gusto que estabas, tan cachondo y calientito, pero algo hay que hacer y cálmate, cabrón, nos van a sacar y el Giovas imparable, que eres la buenísima onda, que contigo la fiesta siempre está súper; la australopiteca chorreando de la frente, el cuello, las axilas, la panza y quién sabe de dónde más, abierta de piernas, despatarrada con su faldita de cheerleader y el gerente acercándose, hablándote muy serio, que si están haciendo escándalo, que si los desfiguros y ni modo, a dar tarjetazo, a largarse; la australiana bien jetona apenas toca el asiento y el Giovas dando exhibiciones de chachinismo, manejando sin luces, con los Ray Ban puestos y tú alcanzándolo y diciéndole que vas a la casa del Pedregal y el Giovas gritando del gusto, sin entender razones, haciendo teatrito cuando le dices derecho que se vaya y él soltando sus clásicos no mames, si me aparezco a esta hora me matan y a ti que ya te urge llegar y aceptas su escolta, que al fin la casa está vacía y cuartos sobran y la australiana ya ha de andar por el quinto sueño y ni en cuenta y virgencita, lo que se dice virgencita, para nada y que más da una vez, una menos, si ya hasta te besó sin pedírselo y la casa a oscuras y la australiana que pesa el chingo y tú que nomás no puedes acomodarla en la cama, que se resbala, protesta dormida y agita las piernas, se sacude cada que la tanga está a punto de ceder y el Giovas, desde el baño de abajo, cantando la guácara, alternando con lamentos de me estoy muriendo, me está cargando la chingada y tú, ya bien entrado, le subes nomás la blusa, el brasier, la falda, porque no todos los días te tiras una australiana y hay que verla para gozarla más, y ya en patitas al hombro la tanga se pierde y en el proceso hasta un tenis y quieres hacerte el wey, hacer de cuenta que no hueles su calcetín, pero nomás no, así que la empujas, la pones a media cama, le abres las piernas y te dejas ir… Y es como ir en autopista, como andar en surf, porque nada de resistencia y hay que ver la calidad de las deslizadas y ya por el quinto embate hasta te abraza, con brazos y piernas, sin abrir los ojos, sin dejar de mover la pelvis. Y otra vez el sudor, el pinche sudor que ya de plano no te deja besarla y sus brazos que tampoco te dejan cambiar de postura y su boca, su voz de sonámbula llamándote con el nombre del olímpico y te dan ganas de aventarla, de agarrarla a cachetadas, pero se mueve tan rico, tan al parejo contigo que hasta de eso te olvidas, sólo le das y le das, le aprietas las nalgas, las moldeas y tratas de imaginarte cómo se verían en una cámara de video, lo poca madre que sería tener sus nalgas en la tele, ahí, mientras le sigues poniendo como si llevaras años sin probar carne, como si acabaran de sacarte del bote o de una pinche isla desierta, aunque ya hasta ganas te dan de volver ahí, con los gritos que pega, con los que pegas tú con el pinche mordidón que te acomoda en el hombro y te hace perder el paso, el ritmo, te hace luchar contra el abrazo, pero cuando consigues sacarla ya te has venido todito… y la muy puta, como si nada, sudando como burra, el hocico abierto y un ronquido feo que le va naciendo en la garganta… Y ya pasadas las calenturas, tampoco entiendes cuál era tu pinche obsesión por ella, porque buena, lo que se dice buena, no está y sobre el aroma del Azzaro, lo que resalta es su pinche sudor de canguro y tampoco puedes hacerte el loco, porque sabes lo que te preocupa, ahora que la peda y la enjundia se han bajado, ahora que le miras las nalgas llenas de ronchas y nomás temes que se despierte o que se esté haciendo pendeja y mañana quiera dejártela ir completita, como se la acabas de dejar ir tú y te acercas y le das cachetaditas, ya se nos hizo tarde, cabrona, y ella nomás mueve la mano como espantando un mosquito, se pone de lado y ronca más duro, como si fuera un pinche macho y comienzas a preguntarte como chingados le vas a hacer porque capaz que la australiana se da cuenta y olvídate, olvídate… Te pones la ropa y ahí, sin más, con el foquito prendido, decides largarte a la casa de Afriquita, te asomas al baño y el Giovas sigue hincado, rezándole al pinche dios del wáter, con parte de las tripas embarradas en la camisa y no te detienes, le metes duro al acelerador, te comes las calles ya sin ver ni madres, sólo, de vez en cuando, el pinche reloj que está arriba del retrovisor y nomás le bajas de huevos cuando ya estás en la Narvarte, apagas la luz y te paras en la esquina, ya más tranquilo porque no vas a tener que hacer ronronear al Cougar hasta que la cabrona se despierte o pueda bajar, porque sigue afuera, en el pinche vocho de su novio y ni treparle al estéreo puedes porque el ojete ya anda pregunta y pregunta por qué la visitas tanto y ya hasta nerviosa pone a la Afriquita… Te quedas mirando cómo cambian y cambian los números en el tablero, cómo se va el pinche tiempo y ya déjala huevón, te la vas a acabar, a la chingada contigo, qué no ves que traigo prisa y hasta ganas de arrancar y estacionarte a su lado te dan, pero para qué quieres… mejor le prendes al radio, que de todas maneras la África lo va a hacer y te pones a escuchar la bola de pendejadas que dicen los de doble u efe eme, pendejada tras pendejada y lo peor es que para eso les pagan y en ésas andas cuando la ves abrir la puerta, pero el cabrón nomás no la suelta y beso y otro y otro hasta que al fin se baja, te esperas a que el culero doble la esquina, sabiendo que la Afriquita todavía se va a acabar el cigarro y sin prender los faros, sin nada, te plantas frente a ella y la cabrona ni siquiera sonríe ya que bajaste la ventanilla, qué carita te cargas, a quién mataste y tú te pones a contarle del oso australiano ajusticiado a puñaladas, del pinche osote que se te va a armar si no te echa la mano y ella encabronada y tú pidiéndole ayuda porque ya te la cogiste y ahora hay que hacer algo y la Afriquita, tan buena onda, compadeciéndose, metiéndose a su casa por alguna chingadera y ahí, mientras la ves abrir la puerta, te vuelves a preguntar por qué fregados la sigues teniendo nomás de amiga cariñosa y cuando sale, ya sin el chongo y con una maletita, te acuerdas, pelo a cintura, gata segura y casi ni la dejas acabar de subirse cuando arrancas, hecho la madre, hechos madre tus nervios, hecho un desmadre tu pinche cerebro y nomás le respondes cualquier cosa, sin oír lo que te dice y apenas entran a la casa, los gemidos acaban de ponerte los pelos de punta, ¿y eso?, pero mejor la jalas de la mano, la haces trepar las escaleras, y ahí, en tu pinche cama, el Giovas está retorciéndose, de la pinche venida, y la australiana, como muerta, sin parar de roncar, la boca llena de baba y el Giovas con su ya decía yo que todavía teníamos fiesta para rato y antes de que te lo pienses, antes de que se le ocurra abrazar a Afriquita, así, todo encuerado, le sueltas un par de madrazos, de esos hijos de la chingada y el wey nomás se dobla, sin aire, ya sin pinches bromas y la África que no para de tirarles sus ya ni la chingan, cabrones, al menos ayuden y la cargas, la metes al jacuzzi, mientras Afriquita se quita la chamarra y se arremanga, retaca a la australiana de espuma porque, de que se acuerde no hay problema, perdida todavía anda, pero el chipote chillón hay que prevenirlo, luego abre las llaves, trata de bañar a la australopiteca, que se queja, se espanta con el agua y al fin empieza a despertar; las dejas a solas, te vas a ver al pinche Giovanni que apenas acaba de vestirse y ni falta te hace decirle sus verdades porque el wey ya tiene jeta de perro regañado, de cachorro asustado y en eso salen las dos, la pinche australiana con pinta de zombie y África y tú se ponen a contarle cuentos, you were too drunk, we couldn’t leave you like that at home, el Giovanni con cara de culpa y la australiana espantada porque ya son las cinco cincuenta y el jardinero que ya abre el portón y tú pensando que ya todo valió madres, que tu mamá lo va a saber antes de que logres llegar a la casa, antes de que logres llevar a las cabronas a sus casas y el Giovanni ni siquiera se ofrece a darle aventón a la güera, aunque sea su vecina, arranca y se queda atrás, como pinche guardaespaldas chafa; la australiana protestando, it’s late, too damn late, my family’s gonna be very disappointed, they trust me… y tú que no te la acabas, pensando en qué vas a hacer si la espuma no sirve de nada y la Afriquita calmando las cosas cuando te ve meterle más al acelerador, sobándote el hombro, hablando como si no temiera que la pinche güera entendiera sus palabras, el semáforo en rojo y la combi que se te viene encima, las viejas gritando, el cristal contra tu jeta y el pinche mundo que no para de dar vueltas, el Giovanni sacudiéndote y tú que entiendes pura madre, la gente amontonada, las sirenas pitufas que ya aúllan a lo lejos y tú nomás puedes pensar que todo fue por culpa de la pinche australiana que ni tan buena estaba…

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