Cuento: “El maldito amor de mi abuelita” de José Sánchez Carbó

Compartir

sanchez_carbo54527f141901d_500w

Mi abuela es una señora gorda, de piel arrugada y con manchas. Siempre está sentada sobre la mecedora, abrigada con un vetusto sarape. Mañana, tarde y noche. Parece una pintura. Casi no se mueve, salvo en ocasiones muy especiales. No lee, no escucha música, permanece contemplativa, tal vez imaginando las terribles historias en las cuales siempre soy el personaje antagónico. El malvado y estúpido coyote, el lobo que nunca logra comerse a la abuelita incólume.

-Hola hijito, ¿por qué llegas tan tarde?- pregunta sin cesar con su débil y pastosa voz, sin importar la hora.

Cuando me despierto temprano para ir al baño, ella, sentada en su mecedora, no sabe preguntar otra cosa. Tal vez no duerme porque siempre está pendiente de mis movimientos: qué hago, a qué hora salgo y a qué hora entro. Tiene cuatro años de vivir conmigo y el mismo tiempo de pedir primero la pastilla roja, después la verde y por último la rosa para contrarrestar los efectos de las dos anteriores. Con un vaso de agua las pequeñas píldoras caen en su estropeado estómago y luego recorren los intestinos, dispuestas a efervescer. Imagino que así es. Sus tripas ya no sirven, sólo son un gaseoducto. Con cualquier movimiento el alma de las pastillas sale constantemente, sin control. Se levanta y sale, se sienta y sale, se acomoda y sale. No tiene remedio. Para dejar de hacerlo, dice, le tienen que cambiar los intestinos. Tan sencillo como cambiarle el mofle a un auto. Ya no habla con el geriatra, simplemente se autorreceta y ella misma se diagnostica. Su aparato digestivo está tan averiado como la cañería de una vieja vecindad. Su problema es incontrolable pero puede soportarse.

Mi mayor temor nace cuando abre su maliciosa boca para contarle a las visitas, mis invitados, lo más vil de mí. Inventa historias escalofriantes. Los convence de que soy el nieto salvaje que sólo quiere matar a su débil abuela para apoderarse de una herencia inexistente. Cualquier persona, si escucha la palabra herencia, imagina una verdadera fortuna, sobre todo cuando viene de una casi centenaria viejecita. Lo único que voy a recibir es una mecedora y un sarape. Tiene un contradictorio odio hacia mí. Igual al de la mayoría de las mujeres de edad avanzada que se quedan a vivir con el simple obrero que es su nieto porque no tienen a nadie que las cuide; además detestan los asilos y los domingos de danzón para los de la tercera edad. Se queja con las visitas cada vez que tiene oportunidad. “Malvado” tiene una carga muy negativa y oír decir esto de una viejecita es grave. La gente cree en su farsa. No se imaginan lo mentirosa que es y sólo lo hace para llamar la atención.

Carbó

Muchos ya no me hablan y en la empresa donde trabajo, mis compañeros rumoran que la golpeo. En tres o cuatro ocasiones la policía ha llegado a la casa; explican que una fuente anónima les llamó para informarles que cacheteo a la indefensa y los gritos de dolor despiertan a los vecinos. Por si fuera poco, la señora se queja constantemente de que no le doy de comer. Gracias a las fuentes anónimas, una vez fui a dormir a los separos de la Procuraduría de Justicia. En la mañana, muy temprano, llegó mi abuela arrastrando su osteoporosis para pagar la fianza con los ahorros que guardó en una lata vacía de chocolate en polvo “Mi Abuelita”. Por supuesto, los policías no le entienden. Hasta cierto punto yo tampoco. Qué dulce, la abuela pagó pero no movió su dentadura postiza para evitar los cargos en mi contra. Estoy fichado.

Es la palabra de una tierna viejecita contra la de un obrero. Es el sentimiento contra la lógica. Es la imagen del chocolate “Mi Abuelita” contra la del macho mexicano. Provocó que los policías me amenazaran de muerte. Por favor, si sólo es el juego senil de una señora que exige toda mi atención y no puedo dársela porque trabajo nueve horas al día y atiendo a mi novia cuatro horas los fines de semana. Todo lo demás se lo dedico. Veo junto a ella las telenovelas y se las explico porque olvida la trama. Le doy masajes con agua tibia salada en sus pies. Preparo sus papillas con verduras y consomé de pollo. Le ayudo a bañarse, a vestirse… todo mi tiempo libre. Y ella cómo paga, mintiéndole a la policía:

-Qué bueno que llegaron señores, mi nieto ya está harto de mí, me trata muy mal. A veces no me da de comer por días. Ay Dios mío, no sé por qué me trata así. Yo siempre he sido muy buena con él. Yo lo eduqué. Yo no sé más que quererlo. ¿Saben?, cuando llegan sus amigos me encierra en el clóset y hasta lo cierra con llave. Me deja salir hasta el otro día para que le prepare la comida. No saben cómo sufro. Pero por favor no lo maltraten, se los pido, comprendan que aunque es un malvado sigue siendo mi nieto, el único.

Antes de esposarme, los policías me retaron. Me preguntaron si podía ser igual de “cabrón” con un hombre. Traté de explicarles la mentira, pero no me dieron oportunidad. Inmediatamente me dieron un golpe en la mandíbula y otro en el estómago, me doblé hasta caer de rodillas. Así los tres policías –siempre van tres, me patearon.

-Es mentira, oficial. No es la primera vez que vienen, todo es un malentendido…-le expliqué escupiendo sangre.

-Hasta cínico me saliste- dijo el oficial y enseguida su bota negra se encajó en mi estómago. Me levantaron entre los tres y esposado me introdujeron en la patrulla frente a todos los vecinos. En el camino se la pasaron gritándome y pegándome.

-Pegarle a tu abuelita, hijo de la chingada, qué poco hombre- dijo el policía sentado a mi lado.

En la mañana, después de otra sesión de ablandamiento corporal, se acercó el custodio a la reja del pequeño cuarto lleno de borrachos y maleantes para avisarme que estaba libre.

-Alguien pagó su fianza. Puede salir- agregó, seco.

No me regresaron el cinturón, ni las agujetas de los zapatos. En mi cartera sólo traía mi credencial del Seguro Social. No tenía un peso. Caminé más de 50 calles para llegar a mi casa para encontrarme con esa gorda de piel arrugada y con machas, sentada en la mecedora cubierta con su viejo sarape y que sólo reprochó:

-¿Por qué llegas tan tarde hijo?- con una voz tan frágil y llena de amor que me hizo derramar lágrimas. Así es mi abuelita.

Be first to comment