A 50 años de la matanza en Canoa

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Por Rolando Israel Rodríguez García

El verano de 1968 fue agitado, en la ciudad de México, desde julio, se había gestado un movimiento estudiantil, que había incorporado principalmente a instituciones como la UNAM y el Politécnico Nacional, pero también estaban la Universidad Iberoamericana y la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, además se estaban incorporando varias universidades de provincia al Consejo Nacional de Huelga (CNH), que coordinaba a los representantes de los estudiantes, la Universidad de Puebla, no era la excepción.

Desde 1961, nuestra universidad se encontraba en un ambiente bastante agitado, la lucha interna entre sectores conservadores contra liberales y comunistas, había concluido con la expulsión de miembros del Frente Universitario Anticomunista (FUA), que hizo que la UAP se convirtiera vanguardia de algunos movimientos como el de los “lecheros” en 1964 y que concluyó con la dimisión del gobernador Nava Castillo, pero había disputas internas también, precisamente en julio de 1968, se realizaron las elecciones del Directorio Estudiantil Poblano, que se disputaban los “santillanistas” y los “demos” (afiliado a la Confederación de Estudiantes Democráticos), ésta elección terminó violentamente con el asesinato del estudiante Marco Aurelio Aparicio, el 10 de julio.

En este ambiente se encontraba la UAP, cuando estalló el movimiento estudiantil en el D.F., y en apoyó algunas escuelas, como Economía, Derecho y Filosofía y Letras, comenzaron a tener manifestaciones de apoyo y enviaron delegados como representantes al CNH a los estudiantes: Alfonso Vélez Pliego, Federico López Huerta y Luis Ortega Morales, para tener presencia en el movimiento estudiantil, que empezaba a tener trascendencia nacional. Precisamente el 27 agosto se realizó la manifestación más grande en el zócalo, cerca de 400 mil personas se congregaron en la plaza principal metropolitana y comenzaron a exigir el dialogo con el presidente de la República, el día su informe, unos estudiantes de medicina solicitaron permiso al obispo para tocar las campanas de la Catedral, pero finalmente fueron desalojados por tanquetas que salieron de Palacio Nacional.

Los activistas realizaban “manifestaciones relámpago” e iban a distintos lugares para difundir el pliego petitorio del movimiento, entre ellos la comunidad de San Miguel Canoa, a las faldas de la Malinche, que por aquel momento era controlada por el párroco Enrique Meza, que disponía las obras que se levantaban en el pueblo: la escuela, caminos, remodelación de espacios, incluyendo el templo, a través de las cuotas que donaban sus feligreses, constantemente hacía propaganda contra los llamados “agentes del comunismo”, opositores a las autoridades locales y grupos de campesinos afiliados a la Central Campesina Independiente, de la cual siempre recibía críticas, avivaba el viejo lema que utilizó la arquidiócesis de Puebla en 1961 “cristianismo si, comunismo no”.

A esa comunidad dividida y enclaustrada en su fe, decidieron ir de excursión cinco jóvenes trabajadores de la UAP, alentados seguramente por la propaganda referente a los Juegos Olímpicos que se celebrarían en octubre, en la ciudad de México, de esa manera: Ramón Calvario Gutiérrez, Jesús Carrillo Sánchez, Miguel Flores Cruz, Julián González Báez y Roberto Rojano Aguirre, que se dedicaban a labores de intendencia y administrativas en el edificio Carolino, llegaron con un espíritu deportivo la tarde noche del 14 de septiembre de 1968, sin saber la tragedia que se les avecinaba.

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Su llegada causo de inmediato expectación en la población, porque habían sido advertidos por el señor cura “vendrán por mí”. Ante la lluvia constante, decidieron no ascender a la montaña esas noche, era mejor buscar hospedaje, Ramón y Julián habían ido a solicitar albergue al curato, pero al identificarse como trabajadores de la Universidad, éste les fue negado, mientras el resto fue a una tienda con el mismo objetivo y comprar algo de comida, desde el primer momento fueron tratados con hostilidad, así que se encontraban en el dilema de regresarse o ir a la carretera para buscar a un compañero que vivía cerca de la comunidad.

Un joven, que trabajaban por entonces en las labores de construcción de la Villa Olímpica, Pedro García, al escucharlos los invitó a quedarse en la casa de su hermano Luchas, un campesino que nunca había visto con buenos ojos al cura del pueblo, junto con un compañero de Pedro, Odilón Sánchez, se dirigieron todos a la casa de Lucas García.

Mientras tanto la población se comenzaba a congregar en el templo, al llamado de las campanas, que advertían la presencia de extraños, “podrán una bandera comunista, como en México”, “se llevarán a nuestros hijos”, arengaban en el atrio, los campesinos comenzaron a llevar palos y machetes, para sacar a los “universitarios” de la casa de Lucas García y de una buena vez, se deshacían de él también.

Aunque a los jóvenes les comenzó a preocupar la agitación y las campanas, Lucas los intentó calmar: “así es la gente aquí”, pero de momento la muchedumbre rodeó el jacal y no tuvieron oportunidad de escapar, fueron arrastrados por las calles, golpeándolos, mientras los insultaban y les dejaban caer la furia de sus machetes, a Julián le cortaron los dedos de la mano, Ramón y Jesús fallecieron en el linchamiento.

Para cuando llegó la policía, tuvieron que quitar las piedras que habían puesto en el camino de entrada, para evitar que llegará la Cruz Roja, los tres sobrevivientes: Julián, Roberto y Miguel, estaban en muy mal estado y fueron levados a la ciudad de Puebla para su atención, el campesino que les había dado hospedaje, Lucas García y Odilón Sánchez, también murieron a manos de la población enardecida.

Al desfile militar del 16 de septiembre, se le cruzó una manifestación de universitarios, frente al Zócalo poblano, que exigía el esclarecimiento de hechos. La Junta administrativa realizó un pronunciamiento en el mismo sentido y varios estudiantes universitarios hicieron una colecta que se le daría a la viuda de Lucas García.

En 1976, el cineasta Tomás Peréz Turrent, filmó una película basada en estos hechos: Canoa: Memoria de un hecho vergonzoso. Durante el proceso judicial, se dictaron 16 órdenes de aprehensión, de los cuáles solo cinco personas fueron sometidas a proceso, entre ellos no estaba el sacerdote. De los sobrevivientes, sólo está presente Julián González Báez, que está jubilado.

Bibliografía:

MEANEY, Guillermina (2009), Canoa. El crimen impune. [Cuadernos del Archivo Histórico Universitario]. Puebla, Méx.: BUAP/AHU

PÉREZ TURRENT, Tomás (1984). Canoa: Memoria de un hecho vergonzoso. La historia, la filmación, el guión. [Colección Difusión Cultural: 1]. Puebla, Méx.: UAP

Lic. en Historia, Maestro en educación Superior, docente de Historia de México en la Preparatoria Emiliano Zapata

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