Helado rosa desde Coronel Pringles

Compartir
img-inicial

Coronel Pringles, lugar de nacimiento de César Aira. Imagen: argentinaturismo.com.ar

Cuando escuchamos la palabra monja, indudablemente pensamos en alguna mujer ataviada con vestimentas sacramentales y votos hacia la iglesia; sin embargo, en este caso no hay ninguna religiosa en Cómo me hice monja, novela del escritor César Aira.  Argentina tiene ya destacadas participaciones en el panorama literario internacional, como la obra de José Luis Borges y Julio Cortázar; sin embargo, aún tiene mucho material que aportar.

Mi historia, la historia de “cómo me hice monja”, comenzó muy temprano en mi vida; yo acababa de cumplir seis años. El comienzo está marcado con un recuerdo vívido, que puedo reconstruir en su menor detalle. Antes de eso no hay nada: después, todo siguió haciendo un solo recuerdo vívido, continuo e ininterrumpido, incluidos los lapsos de sueño, hasta que tomé los hábitos.

Aira crea un personaje homónimo que narra la primera vez en que probó un helado, un hecho bastante común que, si no se contextualiza en esta obra, pasaría desapercibido. Conforme se desarrolla el escenario en esta mítica paletería, el lector podrá notar la no-concordancia entre el género del protagonista, punto clave de la historia. Así, César se enfrenta a una serie de hechos que lo llevan a estar solo en la calle antes de un dramático final.

Sin embargo, más que la historia del/de la pequeñ@ César, hay una serie de simbolismos sorprendentes que dan pauta a que la obra pueda ser interpretada desde diferentes perspectivas. Rodeado de helado rosa, nutrias y agua, el autor crea un arquetipo en cuanto a la sociedad y los prejuicios que en ella se encuentran. Al terminar la novela, podría parecer que Aira deja cabos sueltos a lo largo de la prosa; no obstante, se debe estar muy atento a los cambios que maneja y que le permiten crear un final sensacional.

Traducida al inglés y aclamada como una pieza maestra de nuestros tiempos, Cómo me hice monja de César Aira es, por mucho, una novela que vale la pena leer -y releer-.

Peor que un encuestador del INEGI.

Be first to comment