Del porqué la Eiffel no pero Bef sí.

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El recuerdo más viejo que tengo de alguna situación en donde tuve que defender una postura fue en la secundaria. Por aquellos tiempos yo estaba encantado con Benedetti. Mi maestra de español lo sabía y, aprovechando que veíamos el bloque de argumentación y falacias, le pidió a mi equipo que expusiera la antología de Rosario Castellanos que habíamos elaborado. Al terminar me preguntó: ¿Por qué leer a Castellanos y no a Benedetti? La pregunta me tomó por sorpresa y no supe qué hacer; después de unos segundos logré responder algo relativo al feminismo de Castellanos: un perfecto ejemplo de falacia ad hominem. Después pasaron mis compañeros y, cuando terminaron, logré formular un argumento: deberíamos primero conocer el contexto inmediato para poder aventurarnos a leer lo exterior. La maestra quedó satisfecha.

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Fátima Ruiz y Alan Robles en la cabina de Lobo Radio.

Sin embargo, yo no quedé del todo tranquilo. El día de hoy, tres años después de aquella clase y 5 años de no haberla visto, Fátima Ruiz aceptó la invitación para asistir a Borbotones y hablarnos acerca de la licenciatura en Relaciones Internacionales (RI). Así, después de verla frente al Carolino y llegar a la cabina de Lobo Radio, comenzamos a charlar –entre otras cosas- acerca de por qué estudiar RI. Ya entrados en confianza, durante el corte musical con Florence + The Machine hablamos un poco acerca de los idiomas y su requerimiento en la carrera. Fue entonces cuando Fa confesó algo que me remontó al round Castellanos-Benedetti: no le gustan las lenguas romances.

Así es, querido lector. Según me explicó la chica de los ojos eternamente verdes, no se sentía atraída por el ya cliché de las culturas europeas. No le gusta el italiano ni París. La canción del corte terminó, pero me permití reproducir una más para no perder el flujo de la plática. Al igual que el Alan Robles de tercero de secundaria, la señorita Ruiz estaba consciente de que es necesario conocer qué es lo que sucede en nuestro país para comprender lo que pasa más allá de nuestras fronteras, gran carencia de muchos malinchistas mexicanos.

Poniéndolo de otra forma: no podemos entender la cadena transportadora de electrones si no tenemos nociones previas de acetil CoA, ciclo de Krebs, glucólisis ni de crestas mitocondriales. Resultaría bastante arriesgado –y sé que aquellos adentrados en los temas bioquímicos coincidirán- hablar de respiración celular sin saber qué es una glucosa.

Es tan fácil como aquel refrán que algunas veces me repite mi abuelita: “Candil en la calle, oscuridad en su casa”. Resulta imposible emitir juicios críticos ante el panorama nacional -e incluso internacional- si no somos capaces de comprender cómo y por qué suceden las cosas en nuestro contexto inmediato.

Y tampoco resulta posible hablar de esta relación intrínseca entre interior-exterior sin tocar la analogía pasado-presente. Conocer lo propio no sólo es requisito para entender lo ajeno, sino además para entender por qué lo propio es nuestro. Aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Y nosotros, jóvenes de memoria a corto plazo, cometemos los mismos tropiezos y las mismas cojeras que ha cometido el ser humano desde hace décadas y siglos.

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Iglesia de San Pedro desde la azotea de la Casa de las Diligencias. Foto: Guillermo Kahlo.

Sí, imposible negarlo: hemos cambiado. Hemos dejado atrás las rudimentarias tertulias con tête-à-tête, los escandalosos prejuicios respecto al aseo diario y, por supuesto, ahora nos posicionamos como el mayor esplendor de nuestra especie.

Sin embargo, es crucial no perder de vista estas raíces que nos permitirán, sin duda alguna, intensificar el sabor los frutos que ahora hemos cosechado. Nos permitirán, por ejemplo, entender el valor histórico a nivel nacional que tiene la Casa de las Diligencias, actual sede de la preparatoria Emiliano Zapata de nuestra universidad; o saber por qué tenemos escuelas e institutos con nombres como Calderón Moreno, Cabrera Barroso y Rivera Terrazas.

Así, terminó St Jude y Fa cerró el programa hablándonos de los mitos en cuanto a RI. Como ella comentaba, estudiar Relaciones Internacionales no significa renunciar al propio país para ir a trabajar a alguna embajada o empresa transnacional, sino comprender el comportamiento del contexto mundial sin nunca descuidar el papel de México en este gran rompecabezas. Los internacionalistas no están viajando de país en país ni permanecen cómodos en consulados del otro lado del planeta, sino que muchos optan por posgrados para especializarse en una región específica. Incluso algunos escogen México como su objeto de estudio.

Más tarde, en el Informativo 96.9 se escuchaba una recomendación literaria invitando a leer Gel Azul de Bernardo Fernández, sustentada en la importancia de primero conocer lo nacional, lo nuestro.

Peor que un encuestador del INEGI.

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