Mad Max: Fury Road. El futuro pertence a George Miller.

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Diego Berrospe

 

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El año era 1903, la película The Great Train Robbery. Más allá de los sustanciosos aportes al lenguaje audiovisual que el filme significó, D.W. Griffith dejó claro que las persecuciones a gran velocidad eran dueñas de una innegable pulpa cinematográfica. Que ellas solas podían ser el motivo de una narrativa y que tenían el grandísimo poder de seducir y hacer explotar los sentidos de grandes audiencias.

Hasta la fecha la película se siente impecable. Es trepidante, de ritmo hipnótico y aún me hace sentir ese golpe de adrenalina que uno invariablemente busca al ver una película de acción. Soy de la idea que aquel western primigenio marcó el nacimiento de eso que los teóricos de alto calibre llaman cine-espectáculo.

Desde ese entonces, una longeva tradición que recorre la historia completa del cine de corte gringo ha ido evolucionando y las persecuciones han sido una de las panaceas indiscutibles dentro del mismo. Por más de cien años este esquema narrativo ha sido abordado desde diversas formas y ópticas en películas de varios géneros, siendo la acción donde más ha sido utilizado. Hagan una investigación mental y traten de buscar en su enciclopedia cinematográfica interna algún filme memorable de este género que no tenga alguna escena de persecución, les aseguro que no hay tal cosa.

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Todo esto viene a colación porque ayer salí del cine sumamente alterado por la experiencia Mad Max: Fury Road, cuyo núcleo narrativo consiste en la más intensa, excesiva, violenta y alucinante persecución filmada en la aún joven historia del cine. Arturo me preguntaba que qué me había parecido la película y yo no le podía responder con algún argumento sólido. Algo extraño, la mayoría de las veces al cruzar el umbral de la puerta de la sala tengo ya algo qué decir.

En una burda analogía le dije que la película era como escuchar una rola de Pantera de dos horas bajo los efectos de una inyección de adrenalina sintética y que aun así la descripción se encontraba lejos de hacerle justicia a tan vibrante experiencia cinematográfica. Después regresé a casa y un poco más calmado me dije que lo más notable del filme en términos históricos era llevar al extremo la tradición inaugurada por Griffith, que la ha revitalizado y que será escuela para los que desde ahora busquen rodar una persecución.

Posteriormente, me puse a pensar en la habilidad del director por tocar temáticas importantes de forma sutil, no obstante trascendente, en una película con una línea argumental tan sencilla. A mi entender Orwell, Kafka, Dick, McCarthy y otros grandes distopistas cohabitan en el desértico universo creado por el genial George Miller y el más grande acierto de estos profundos apuntes es correr en función del objetivo primordial del filme que es el entretenimiento.

De alguna extraña manera, de la cual aún no puedo dar cuenta con palabras, el filme logra incluir este tipo de reflexiones que pareciera operan como el gran fondo a la frenética forma, pero que en realidad contribuyen a la última potenciado su frenesí, exceso y locura. El resultado de esto es invaluable, Mad Max: Fury Road, es la mejor película de acción en lo que va de la década.

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Diego Berrospe es un exmarinero al que le gusta el cine.

Programa radiofónico. De lunes a viernes de 10:30am a 12:00pm por 96.9 fm Radio BUAP. Va de música contra la lasitud.

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