Un día, caminando por París…

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En la imagen: París, capital cultural mundial del siglo XX.

Es muy común encontrarnos en la historia de la cinematografía estadounidense, películas basadas en musicales o en óperas, pero raramente hallaremos filmes inspirados en piezas sinfónicas puras, que carecen de un argumento.

Una de estas rarezas es del año 1951, protagonizada por Gene Kelly, y basada en Un americano en París, obra orquestal del brillante compositor George Gershwin. La película, que fue titulada con el mismo nombre de la obra sinfónica, con todo y un argumento débil y poco imaginativo, fue premiada por la academia en aquel año con una buena cantidad de Oscares.

La pieza de Gershwin, afortunadamente, es mucho más rica que su pretendida imitación fílmica; fue escrita en 1928, durante unas vacaciones en las que el compositor se fue a recorrer gran parte de Europa, terminando su periplo en la capital francesa. Ya convertida también en la capital cultural del mundo, París fue el punto de encuentro de Gershwin con algunos genios musicales de su época: Sergei Prokofiev, Maurice Ravel y Nadia Boulanger, por mencionar sólo a los más importantes.

Tomando como punto de partida el tema con el que inicia la pieza, Gershwin se dedicó a realizar una primera versión para piano, para, de inmediato dedicarse a realizar la orquestación, con la que cumpliría con un encargo, que había recibido poco tiempo antes, de la Sociedad Sinfónico-Filarmónica de Nueva York. Para la posteridad, Gershwin dejó unas palabras en las que explica de manera general la forma en la que concibió los sonidos componen la obra. Explicó que él pensaba en la impresión que una ciudad tan bella y culturalmente rica dejaría en un americano que camina por sus calles; la parte suave de la mitad de la pieza remite al sentimiento de tranquilidad que puede sentirse al tomar un café en una plaza en el atardecer, pero hacia el final triunfa el carácter luminoso y festivo de la entonces ciudad más poblada de Europa.

Encore: Para la trivia queda el dato de que a Gershwin, en un momento de locura, se le ocurrió integrar a la partitura el peculiar sonido del claxon de un taxi parisino, y recorrió la capital francesa buscando unas bocinas que emitieran la misma resonancia. Gershwin regresó a América con su maleta abultada por la partitura terminada y las curiosas bocinas, que fueron utilizadas en el estreno mundial de la obra, el 13 de diciembre de 1928, con la Filarmónica de Nueva York.

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