Entrevista a Magali Tercero

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Magali Tercero
Óscar Alarcón y Magali Tercero. “Están publicando libros al vapor, uno cada seis meses o cada año, y su calidad se ve reducida porque no puedes fabricar un libro bien escrito cada seis meses. Ni aunque seas el mejor reportero del mundo.”

Durante cinco años se editó en Puebla el suplemento cultural Una Theta, era el tiempo en el que pedíamos las colaboraciones a través del correo electrónico. Magali Tercero fue de las pocas escritoras que contestó de manera afirmativa para que pudiéramos publicar parte de su trabajo, o mejor sería decir que fue de las pocas escritoras que nos contestó.

Gracias a su interés publicamos una entrevista a Spencer Tunik, el fotógrafo que hace desnudos masivos, y que nos autorizó con la petición de declarar que era una entrevista que había sido publicada en otro suplemento. Así lo hicimos y las colaboraciones se hicieron más frecuentes, entrevistas al pintor Arturo Rivera y al artista plástico Damien Hirst aparecieron a través de la autora de Cien Freeways: D. F. y alrededores.

Mientras caminábamos por San Andrés Cholula se dio cuenta de que había restaurantes que ofrecían aguachile. Se sorprendió porque es un platillo típico de Sinaloa, ¿qué estarán haciendo por aquí los sinaloenses? No nos detuvimos a probar el platillo pero nos quedó la duda: ¿Sinaloa en Cholula?

Óscar Alarcón. El libro Cuando llegaron los bárbaros. Vida cotidiana y narcotráfico, es sobre un tema que desafortunadamente está de moda, y que sin duda tiene una implicación social no sólo para la gente de Culiacán sino de todo el país, ¿cómo surge el libro?
Magali Tercero. La pregunta principal que les hice a los casi cien entrevistados fue ¿cómo se ha transformado tu vida cotidiana a partir de la llamada guerra contra el narcotráfico? No es un libro de entrevistas, es un libro de crónicas de los cinco viajes que realicé a Los Mochis, Badiraguato, Culiacán, Navolato, Topolobampo y Mazatlán. Son crónicas de viajes en donde una periodista anda preguntando: “¿qué pasó con tu vida?”.

ÓA. Además una periodista sin miedo…
MT. Yo no soy una periodista que haga libros o reportajes de denuncia abierta o que cubra las fuentes políticas. Me he especializado más en las crónicas con temas sociales, ese género anfibio —a mitad de camino entre el periodismo y la literatura, pero que no es literatura—. Cuando preguntas sobre vida cotidiana siento que no te expones, pero debes preguntarle a las personas adecuadas: eso sí requiere de olfato.
Imagínate que llegue con el “Chapo” Guzmán a preguntarle sobre su vida cotidiana.

ÓA. Tu libro rescata gran parte de la oralidad, y por ende se rescata la invención de los mitos.

MT. Ahora se le llama leyenda urbana, y en todo el país conocemos muchas. Por ejemplo, está la leyenda urbana en la que llega el “Chapo” Guzmán a un restaurante, lo cierra, recoge los celulares, coloca a sus guardias por todo el lugar y les dice a los comensales que la cuenta va a ser pagada pero que no pueden salir. Pero resulta que esta leyenda urbana que hasta hace un tiempo todos pensábamos que no era verdad —lo mismo la he escuchado en Morelia, Veracruz, San Luis Potosí, Sinaloa, Tijuana o el D. F.— resulta que sí ocurrió: el periodista Javier Valdez Cárdenas de el periódico Ríodoce, afirma que sí ocurrió en Culiacán. Sin embargo, se ha convertido en una leyenda pues lo mismo puedes escucharla en Ciudad Juárez. La sociedad necesita armar cierta mitología para resistir esta abundancia de balazos.

ÓA. Podemos descubrir que se nos revela cierto realismo mágico en lo que la gente te contó o en lo que viste, como la tumba del Panteón Jardines del Humaya en la que hay osos de peluche y hasta un carrusel, y que el espacio es tan grande que puede vivir una familia entera.
MT. Tienes razón. Esa tumba es de una niña y el padre le mandó a hacer casi como una juguetería de lujo, como si estuvieras en las mejores tiendas de Londres, como si fuera una casa con aire acondicionado, con un tiovivo, caballitos, vestiditos, moños, juguetes de niña, muñecas.

ÓA. Hace un momento te decía que eres una periodista sin miedo, pero en el libro mencionas que sí tuviste miedo, incluso dices que al estar comiendo, te quedaste tan sorprendida que le pusiste azúcar al menudo.

MT. Llegué nerviosa a Badiraguato —que se supone es la cuna del narcotráfico—, estuve tres días, pero yo tuve una experiencia totalmente bucólica. La persona que me llevó —que transporta a muchos de los periodistas— iba mucho más tensa que yo y me fui contagiando al grado de que me sorprendí echándole azúcar al menudo blanco en lugar de ponérsela al café: fue un signo de que estaba nerviosa. Y hubo nervios a posteriori al recordar alguna situación, pero nunca me sucedió nada.

ÓA. Chalino Sánchez, fue de los primeros “levantados” por el narcotráfico y gracias a su caso se comenzó a hacer denuncia de los casos de personas desaparecidas.
MT. Fue uno de los primeros “levantados” como les decimos ahora, porque en realidad debemos decirles asesinados. Él inició el narcocorrido.
Nació en la sierra de Badiraguato. Conocí a una cocinera que trabaja en una casa de gente muy acomodada y ella me contó que fueron amigos de la infancia, que el papá de ella tenía sembradíos y que contrataba de peón a Chalino Sánchez. Su fama vino a raíz de los corridos que hizo mientras estuvo encarcelado.

ÓA. Sabemos que en otros países han ocurrido casos similares de violencia, como en Colombia, sin querer hacer un vaticinio ni decir que tienes una bola mágica para predecir el futuro, pero ¿en qué tiempo crees que esta espiral de violencia pueda descender?
MT. Es una pregunta muy difícil de contestar, porque lo primero que me viene a la cabeza es esto: en México no estamos tomando medidas tan adecuadas como las que se tomaron en Colombia; en México hay un error de concepto comenzando por la guerra misma, la cual no se planeó, no hay una estrategia. Es un error de concepto porque no hay estrategia para el lavado de dinero que es lo que verdaderamente, según yo, habría que combatir.
En Colombia algunos presidentes municipales lograron recoger todas las armas y convertirlas en objetos útiles para la sociedad. Aquí no estamos tomando medidas de ese tipo. Por eso es difícil pensar para cuándo. Esto va cada vez peor y peor, desafortunadamente.

ÓA. ¿Se justifica la presencia de la violencia en la literatura?
MT. Yo creo que sí. Si corresponde a un deseo auténtico de un autor, a una necesidad auténtica de hablar sobre ella, creo que sí. Porque nos refleja, nos muestra. En la literatura tiene que estar toda la gama de emociones.
Como occidentales podemos mencionar diez emociones pero en la ópera china se pueden contabilizar hasta cincuenta emociones diferentes. Qué sutileza. Tengo que averiguar cuáles son esas emociones porque en la ópera china se han manejado siempre.
Se tiene que retratar lo que existe. No sé si deba hacerse como parte de la coyuntura. Creo que hay gente que se metió a escribir sobre la violencia porque se dio cuenta de que era vendible aunque no por la literatura. Aunque también existen personas que lo han hecho de manera honesta, no podemos generalizar.
Por ejemplo, Lolita Bosch, catalana-mexicana que dirige el sitio “Nuestra Aparente Rendición”, hace una historia novelada del narcotráfico en México, con datos que los que hemos leído sobre el tema ya conocemos porque ella no hizo un reportaje sino una investigación histórica. En su caso es evidente el interés por combatirlo y por trabajar a favor de la sociedad. Claro que es necesario hablar de ello.
Acabo de leer Say her name (Di su nombre) del estadunidense de origen guatemalteco Francisco Goldman, en donde se habla de otro tipo de violencia: la que sufres cuando se te muere un ser querido en un accidente, por la violencia de la naturaleza. Su esposa muere en un accidente en el mar, en Mazunte, Oaxaca. Esa es otra forma de violencia, es un libro magnífico. El poder del arte te cura duelos, eso descubrí en mí misma.

ÓA. Entonces el arte sigue salvando…
MT. Sí, lo acabo de experimentar en carne propia. Sin darme cuenta trabajé con un duelo de mil años atrás; de repente te das cuenta de que ya tienes una actitud distinta ante el asunto. Fue liberador. Se lo recomendé a una fotógrafa que está trabajando el tema porque perdió a su padre y a sus últimas dos tías en muy breve tiempo. Me contó que se quedó el fin de semana leyendo y llorando. El arte cura.

ÓA. Y de la gente que se ha sentado a escribir por encargo de las editoriales, ¿podríamos decir que existe el marketing editorial de la violencia?
MT. Aunque no me gustaría generalizar, me parece que sí. Incluso autores y periodistas que toda su vida han escrito sobre el narcotráfico se han dejado envolver por la prisa del marketing —ya te he dicho que nunca fue mi fuente, ni la política, ahora la fuente política es la del narco, ya no es la nota roja, ¡es increíble!—.
Están publicando libros al vapor, uno cada seis meses o cada año, y su calidad se ve reducida porque no puedes fabricar un libro bien escrito cada seis meses. Ni aunque seas el mejor reportero del mundo. Esos mismos autores, aunque sean honestos, caen en esa prisa mediática, y como muchos de ellos trabajan en periódicos hacen compilaciones apresuradas de textos ya publicados.
Sigo leyendo todo lo que se refiere al tema y estoy encontrando todavía muchos datos mal puestos, a pesar de que hay gente a la que le he dicho que esos datos estaban mal, vuelven a poner datos no comprobados en la segunda o tercera edición. Es la prisa y la presión de los editores y la necesidad de ganar dinero publicando libros, algo más sustancioso que el free lance periodístico.

ÓA. ¿La cotidianidad de la que se habla en el libro hace que estés más cerca de expresiones en la plástica como las de Marta Palau o Teresa Margolles, que al resto de la literatura que habla del narco?
MT. Es interesante tu pregunta porque es la primera vez que mis dos vertientes como cronista —sobre temas sociales y urbanos y sobre arte (mis dos columnas lo reflejan)— se unen con toda naturalidad, porque el arte contemporáneo está muy preocupado por lo cotidiano. No hay pena ni vergüenza por tratar los temas que no son los grandes temas del arte tradicionalmente. No me siento influida pero ha sido una parte natural, que corresponde a una tendencia emocional de toda la vida.
En este momento me encuentro con el arte contemporáneo o arte conceptual o como se le quiera llamar —porque también las etiquetas tienen la trampa de que no siempre definen lo que quieren definir: nos sirven para organizarnos mentalmente— y se insiste tanto en el periodismo narrativo, cuando en verdad es que éste ha existido siempre: primero hubo crónica y luego hubo historia. Tucídides fue un gran cronista primero, y luego un gran historiador.
En mi crónica sobre temas sociales hay mucha influencia del cine de los 90: Robert Altman narraba fragmentariamente, aunque él no era el primero que lo hacía porque recuerdo una película de los años 50 con Sofía Loren y Marcello Mastroianni, que era en sí una narración fragmentaria en donde se contaban tres o cuatro historias en diferentes planos. Eso me impresionó mucho —vi el filme a los 16 años en la televisión— y recuerdo haber querido escribir de esa manera en un periodiquito escolar que hacía yo en un mimeógrafo. El cine es una gran influencia sobre muchos autores de todas las edades.
Muy probablemente el arte contemporáneo esté haciendo lo suyo. Aunque hay muchos problemas porque se dividió en dos bandos, casi como Felipe Calderón quiso dividir al pueblo mexicano: el bando de los buenos y el bando de los malos, así se dividió el arte tradicional y el arte conceptual. Y existe la misma guerra sólo que no hay armas de por medio, y la violencia con la que unos hablan de los otros es la misma, sobre todo el odio que se manifiesta desde la trinchera del arte tradicional —y digo “trinchera” con toda la mala intención— contra lo que los artistas jóvenes están haciendo es tremenda, igual que la incomprensión, la ausencia de deseo de abrirse y recibir algo de los recién llegados al mundo del arte.
En el capítulo segundo de mi libro quise desaparecer del mapa como autora. Juego con la estructura: hay gente que ha leído el libro como si fuera una serie de viñetas o notas, lo cual es absurdo pues sólo en el segundo capítulo recurrí a la cita directa sin prolegómenos. Quise desaparecer para dar voz plena a la gente que fue afectada en su vida cotidiana. Lo que está bien dicho no se vuelve a decir con tus propias palabras, por muy buen autor que te creas: se edita y organiza. Pero es sólo mi opinión.
Por otra parte, hay lecturas que se te quedan grabadas para siempre y que son las que haces entre los 8 y los 20 años, muchas cosas de tu escritura se definen en esa etapa. Tengo esa teoría pero nunca la he comprobado. Estás tan fresco y tan ávido. Recuerdo haber leído muy niña los primero capítulos de La Divina Comedia —y eso porque me dio hepatitis y tuve que quedarme en casa—. Noto que hay influencia: imágenes que viven conmigo y las menciono cada vez que se puede: siempre está el Virgilio que me guía a lo largo de mis crónicas. En Cien Freeways… siempre hay un Virgilio que me lleva a la cárcel de mujeres, que me lleva con las prostitutas del “Bar Bas” en el D.F., siempre hay alguien, como un taxista que me platica la vida de un niño al que maltrata su madre o un rockero que me descubre el trasfondo del Tianguis del Chopo.

ÓA. Pero se trata de un nivel extraliterario, pues no es algo que tú inventes sino que simplemente ocurre.
MT. Así es. Lo uso menos porque ya se volvió un lugar común dentro de mi escritura. La primera vez que me ocurrió sí escribí “mi Virgilio” porque resultaba novedoso para mí. Claro que veinte años después decir que tengo a mi Virgilio estaría cayendo en un lugar común no sólo mío sino de toda la literatura.

ÓA. Recientemente participaste en una mesa sobre mujeres periodistas y cronistas en el Palacio de Bellas Artes, ¿no te molesta que la perspectiva de género siga dividiendo el trabajo profesional? ¿Por qué no llamarles simplemente cronistas?
MT. Sí me molesta y tuve la intención de comentarlo. Elsa Cross en los años 60 rechazaba participar en cualquier evento o conferencia a la que fuera invitada y que dijera “ciclo de mujeres” o “conferencia de mujeres”. Y tenía razón, ¿por qué seguimos dividiendo al mundo en hombres y mujeres? Me recuerda mi escuela primaria de monjas.
Me gusta mucho tu pregunta porque esta situación estuve a punto de mencionarla en la conferencia, pero después vi que la narradora Raquel Castro —la organizadora del ciclo— se estregaba tanto a su trabajo y estaba siendo tan honesta, que me pareció mal decirlo delante del público.
Por otra parte no soy tan extrema, las feministas del siglo pasado tenían que ser radicales. Ahora hay otros logros que no tienes que gritar. Observa a algunas chicas de 25 años, ahora ellas son las machas misóginas, no puedo generalizar pero lo he visto y esto está cambiando para bien y para mal.

ÓA. Siendo mujer, ¿qué tan difícil es escribir en una ciudad como la Ciudad de México?
MT. Nunca he sentido esa dificultad, ni cuando empecé ni ahora. Tal vez periodistas a las que admiro mucho y que denuncian —porque mi trabajo como cronista no es denunciar abiertamente, o buscar personas como el “Chapo” porque de antemano sé que me va a mentir como los políticos— y que arriesgan la vida como mujeres son más vulnerables.
Maya Goded —cuyas fotos aparecen en mi libro Cien Freeways: DF y alrededores—, tuvo problemas en un hotel de Ciudad Juárez, le robaron su equipo, la amenazaron y sólo estaban ella y otra persona en el hotel, se tuvo que cambiar. Estuvo cerca de la violencia.
Hoy leí una entrevista con un fotógrafo mexicano que está en Siria y señala que se siente mucho más inseguro haciendo trabajo sobre la guerra —porque te puede caer una bomba y en cualquier lugar te puedes morir— que en México con el narco, en donde si eres un blanco lo sabes, y entonces tomas tus precauciones. Se me hizo muy interesante su comentario.

ÓA. ¿Las becas hacen escritores?
MT. No fabrican escritores pero sí dan un espacio para escribir. El que de verdad quiere escribir lo hace con beca o sin beca. En el 2000 me pidieron un reportaje sobre becarios, y gente que trabaja mucho como Magali Lara, hizo maravillas con su beca de tres años. Pero hubo gente muy conocida y muy famosa —que ya murió—, la cual era vista derrochando la beca por todos lados e incluso produjo muy poco.
Se han puesto muchos candados, sé de gente a la que se le ha retirado el apoyo porque no presentó un informe suficiente el primer o segundo año. Lo he visto —porque alguna vez me invitaron como jurado de los proyectos para realizarse durante estancias de tres meses en otros países— y hubo un caso en que la persona no pudo concursar porque entregó el informe de una beca anterior dos meses tarde. Ese autor, de quien tres jurados habíamos dicho que presentó muy buena propuesta, se quedó sin su estancia.

ÓA. De tu libro Cien Freeways, ¿cuál es la crónica que más te gusta?
MT. Me gusta muchísimo la del cumpleaños número 25 del Tianguis Cultural del Chopo, que es un lugar en donde encuentras un mundo alternativo muy extenso, aunque ahora sea un espacio más comercial. Está ubicado cerca de la estación Buenavista, cerca de San Cosme y encuentras no sólo música sino performance, pintura, galerías improvisadas, conciertos, producciones de disqueras, botas “Doctor Martínez” en lugar de las famosas “Dr. Martens”.
Si le preguntas a un vendedor cuál es el libro más vendido casi te mienta la madre —yo lo hice— y me respondió “oye no estás en Sanborns”, entonces le dije, “bueno, ¿qué es lo que te pide la gente?”. Me dijo que los anarcopunks piden muchos libros específicos, y que también están los místicos y los new age como públicos particulares.
Llegar al Chopo fue una curiosidad del cronista. Por alguna razón que no recuerdo me subí a un camión en Insurgentes y encontré a dos alemanes punks no mayores a los 25 años, con unos adornos increíbles en el cabello, el atuendo y el cuerpo. Comencé a observarlos y decidí seguirlos porque quería seguir viéndolos. Me di cuenta de que se iban a bajar cerca del Tianguis Cultural del Chopo.
En cinco minutos se me desaparecieron porque había mucha gente pero al final, y luego de seis meses de visitas sabatinas, encontré una crónica. Vi un performance: un artista de fin de semana —los demás días es mecánico— que utilizó un corazón de cerdo y tenía un público de más de cuarenta personas exclamando “ahh” “ohh” “uhh”. Los espectadores estaban asombrados porque él narraba una historia de amor con ese corazón y jugaba con un maniquí hecho con alambres y lo vestía de novia. Después citaba versos de Leopoldo Panero, poeta español que vivió en un psiquiátrico. Todo era muy Chopo. Ahí me di cuenta de que tenía una crónica. Finalmente se publicó en la segunda edición de A Ustedes les Consta. Antología de la Crónica en México, la antología de Carlos Monsiváis.

ÓA. ¿Quiénes son tus cronistas favoritos?
MT. Me gusta muchísimo Guillermo Prieto, Manuel Gutiérrez Nájera. Me gusta mucho aunque nadie lo lee, José María Marroquí, que era un hombre gordo —fue cónsul en España—, obsesionado por conocer todas las historias de las casas del centro de la Ciudad, y entonces caminaba por todos lados. Iba jadeando, abriéndose la corbata por el calor, y tocaba los timbres de las casas. Dejó tres tomos farragosos pero muy interesantes sobre la Ciudad de México. Yo viví en esa calle entre los seis y los ocho años. Ya adulta me di cuenta de que viví en una calle con el nombre de un cronista exhaustivo.
Creo que ahí nació la cronista: el Barrio Chino estaba al lado, íbamos a los restaurantes chinos, me asomaba desde el quinto piso y veía unas cucarachas inmensas —perdón por asociarlas con la comida china—.
Normalmente un cronista tiene mucho amor por la literatura. Tengo dos vertientes de escritura y ambas tienen que ver con la crónica: la vertiente de cronista de los temas sociales y urbanos, y la vertiente de cronista del arte, que tal vez suene a algo muy viejo pero eso es lo que considero que hago yo aunque no siempre lo logre. Siempre me ha interesado el arte.

ÓA. Cronista del arte, más que un término viejo, me parece que refresca el mundo del arte. Escribiste un libro con Teresa del Conde.
MT. Ella hizo un capítulo de 50 cuartillas, y yo hice otro. Mi capítulo se llama “Frida Cyborg”, porque encontré en Kahlo una parte cibernética y una teoría de lo que está ocurriendo actualmente. Como en la película Crash donde el erotismo se presenta por medio de accidentes de autos. A eso se le llama “la Nueva Carne”: por ejemplo te ponen la córnea de otro señor o te implantan metales.

ÓA. Si pudieras hacer una recomendación a Peña Nieto, Felipe Calderón y a Elba Esther, ¿qué libro les recomendarías?
MT. A Maquiavelo, porque se nota que no lo leyeron. Tengo un amigo escritor que considera que el error de Peña Nieto en el que no pudo nombrar a los autores de los libros en la Feria de Guadalajara fue marketing del PRI, porque necesitaban que se hablara del candidato. Y eso no me suena descabellado, porque pudo haber contestado que había leído la Constitución o la Biblia, pero parece que la intención fue provocar que se hablara del error.
El poder es sumamente retorcido. Lo sabemos todos.

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