Como si llovieran caramelos

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En la imagen: Italia siempre iluminada por su inspiración musical.

 

En alguna parte de su novela El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez hace decir a un personaje que “el mundo está dividido entre los que obran bien y los que obran mal”. Aquellos que la hayan leído inmediatamente me corregirán argumentándome que no es “obrar” el verbo que utiliza García Márquez, y tendrán razón, pero prefiero utilizar este piadoso eufemismo mexicano por lo amable del tema que quiero abordar.

Si bien esta división gástrica es más jocosa que cierta, tal vez sería mejor fraccionar el mundo entre los que nacen con el camino trazado y los que lo tienen que trazar. En la historia de la música hay ejemplos de los dos bandos: Mahler, contra la voluntad de su padre se convirtió en compositor (¡y qué compositor!); Rimsky-Kórsakov dejó el ejército para gloria de la orquestación y placer de nuestros oídos; Alexander Borodin abandonó la química por los pentagramas. Y del lado de los que nacieron “con el corrido ya cantado” están, por supuesto, Mozart, con ese prodigio pedagógico-musical que tuvo por padre; Johann Strauss II, sin quien las quinceañeras mexicanas no bailarían, (o intentarían, al menos), con su corte de chambelanes; y el gran Félix Mendelssohn, de cuya Sinfonía italiana les quiero hablar.

Pues sí, Mendelssohn nació en una familia judía de altísimo abolengo cultural, que de inmediato le fue inculcado al pequeño Félix, quien no tardó en dar muestras de su tremendo talento. Su cuarta sinfonía fue escrita a raíz de un provechoso viaje a Italia, en cuyo camino visitó al gran Goethe, hacia quien sentía una profunda admiración. Desde que pisó territorio italiano le llamó la atención el espíritu festivo que reinaba en sus calles, como si todo el año fuera carnaval.

Con la enorme riqueza rítmica que contagiaba la Italia de aquel entonces, Mendelssohn terminó su Sinfonía italiana en muy poco tiempo, quedando siempre insatisfecho con el cuarto movimiento, que escribió con el ritmo del saltarello italiano. La pieza fue estrenada finalmente el 13 de mayo de 1833, con la Sociedad Filarmónica de Londres, bajo la batuta del compositor, de entonces sólo 24 años.

Encore: ¿Y por qué el título de la “lluvia de caramelos”? En una carta escrita durante la composición de su sinfonía, Mendelssohn describe su llegada a la región del Corso y el recibimiento que le dieron arrojándole caramelos a su carruaje. A la fecha se ignora por qué quedó tan poco satisfecho con su obra, pero es innegable que, al escucharla, uno se siente bajo una deliciosa lluvia azucarada.

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