¡Cuéntamelo mientras rodamos! cuento de Raquel Olvera

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Ilustración: Pascal Campion.

para Eric Gäuman

Sobre un sendero empedrado, iba corriendo ligera, mi bicicleta. Para un transeúnte desatento, los sonidos que hacía al avanzar, eran sólo rechinidos sin otra causa que la falta de un poco de aceite por aquí, y otro poco por allá. Pero al poner atención, pude entender perfectamente el lenguaje de las bicicletas, que es un idioma sin esquinas y ¡muuuy rítmico!. Primero habló la llanta trasera y esta fue más o menos la conversación que escuché:

– Esto no es vida. – dijo – Me siento humillada e indigna ¿porqué tengo que quedar siempre atrás? ¡siempre dispuesta a dejarme conducir sin escoger el camino!. Soy muy infeliz!.
– ¿Y tú de qué te quejas? – replicó la llanta delantera, con voz de cállate o te mueres – mírame a mí, siempre llena de responsabilidades, buscando los caminos que más nos convengan, ¡no puedo dejar de pensar más que cuando duermo, y aun entonces, sueño que pienso!, dime una cosa: ¿no te parece razón suficiente para vivir neurótica? Si tú piensas que eres infeliz, ¿con qué adjetivo puedo yo calificar mi vida?.

Ah qué triste me pareció la plática de mi bicicleta, y al llegar a casa decidí cambiarlas de lugar. Aprovechando que dormían, estuve trabajando toda la noche. Al otro día, decidí conducirla por simple curiosidad de oír sus reacciones al ver cambiado su destino. Comencé a pedalear, y despertaron con un desacostumbrado parloteo, al contemplar realizado su sueño.

– ¿Pero qué está sucediendo? – dijo la llanta delantera que antes había sido la trasera –, me siento viva y plena; las cosas se ven de otra manera, los colores centellean , todo parece lozano. ¿Soy yo la que va adelante, la que determina el camino?. Puedo elegir el trayecto, dirigirme por donde me apetezca. – Repetía bajando cada vez más la voz, como queriendo convencerse de que era verdad.
– ¿Voy atrás? – se preguntó casi en un susurro la llanta trasera, que antes había sido la delantera – ¡Qué raro!, ¿Qué está pasando aquí?, no tengo que escoger adonde ir, ni tengo que estar alerta, ¡puedo ocupar toda la redondez de mi cerebro en disfrutar el panorama detenidamente, ¡mmmh, mh, qué bien huele la tierra, que intensamente vivo está hoy el pasto!, qué placentero es todo esto, ¡qué ganas de vivir!.

Después de decir esto, ambasentraron en sopor acompañadas de un suave ronroneo, calladitas, como si se hubieran quedado dormidas. Ya por el mediodía reanudaron el diálogo:

– Oye, – dijo la nueva trasera, – esto me parece muy bello para ser cierto; he estado pensando qué pasaría si nos aburrimos de nuestros lugares…
– Sí, – dijo la actual delantera -, tienes razón; a mí también puede fastidiarme este asunto de siempre tener que tomar las decisiones. ¿Qué pasaría entonces?
Ambas se hundieron en un silencio, y yo quedé a la expectativa.

– Se me ocurre que el azar a sido generoso con nosotras – dijo la voz de la trasera, que ahora sonaba aterciopelada como un gato echándose en su taburete preferido -, así como ahora estás adelante, tal vez mañana vuelvas a estar atrás.

Otro silencio se dejó escuchar y súbitamente fue interrumpido por la voz de la delantera:
– ¿Qué más da si nunca volvemos a cambiar de posiciones, finalmente las dos sabemos lo que es ir atrás o adelante. Compartiremos responsabilidades, si yo no elijo el mejor camino tú puedes recomendar uno más conveniente, pues conoces muy bien estos parajes.
– Yo en cambio puedo platicarte lo que veo con el mayor detalle posible para que no te aburras.
Claro, – dijo la delantera – ¿te acuerdas de aquella tarde en que conocimos el mar?, ¡Qué dulce sensación la caricia de la arena! Las conchas parecían escamas de luna, el agua era cálida y todo el paisaje parecía entonar una misteriosa canción. ¿Te acuerdas bien?, ¡Cuéntamelo mientras rodamos!. Entonces oí a mi bicicleta cantar y reír, callarse y escuchar. Después de un largo silencio, se oyó la llanta trasera:
¿Sabes?, he llegado a la conclusión de que somos una bicicleta feliz.
Si, – dijo la delantera, – en verdad somos una bicicleta feliz.

Autor: Raquel Olvera.
Titutlo: ¡Cuéntamelo mientras rodamos!
Ilustración: Pascal Campion.

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