Leer entre líneas. Un texto sobre Octavio Paz.

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CUCHARA

                                                                                                             Hugo Diego*.

portada chido 120Año de 1920. En el rostro apetente de un niño turbado se dibuja el gesto de un asombro disperso. Camina de la mano de su madre y se dirige a la escuela. Deambula por una ciudad extraña, de un aire desacostumbrado. Es un niño de seis años que nació en Mixcoac y que ahora vive en Los Ángeles, California. Sus padres, como muchos mexicanos, se vieron obligados a instalarse en esa ciudad como consecuencia de la violencia que obsequiaba la revolución mexicana.  En la escuela observa una enorme bandera con barras y estrellas, un salón de clases pesaroso, desabrigado; con unos pupitres fríos y  de una inhospitalidad  apática.  La ciudad se hace más triste por el murmullo inentendible  que se escucha en las calles y patios. El niño no habla una sola palabra de inglés.  Titubea y no sabe qué decir. Da un paso con resquemor y otro con desconfianza aunque una estrecha valentía se asoma por su mirada. Se sienta en una banca dura. Tiene miedo porque no entiende nada. Las palabras que escucha no son palabras. Sólo son chasquidos verbales. La joven maestra, con una mira  cómplice, lo ve pasar y después lo olvida. Si bien se queda callado, eso no lo hace desaparecer. Sigue allí. Rodeado de palabras indiferentes, estrafalarias. El tiempo también es excepcional, de una cualidad entumecida, casi inmóvil. Con  lentitud entiende que ha llegado el momento del recreo y del lunch.  Todos los niños toman su lugar en una mesa entre excitadas risas y empiezan a comer. Únicamente él se queda petrificado. Pese a que tiene hambre no come. No puede hacerlo porque no tiene cuchara. Cuando la maestra advierte que el niño mexicano no ha tocado su plato,  le pregunta, haciendo uso del  universal  lenguaje de las señas, por qué no ha comido nada. Y el niño responde con claridad y en español: cuchara, al tiempo que señala con la mano la de su compañero. Frente a él se escuchó la misma palabra pero con un marcado acento americano. Alguien más gritó la misma palabra, ya deformada por la burla  y después  aparecieron las risas como música de acompañamiento. No fue fácil contener la algarada infantil y el carnavalesco pitorreo llegó hasta la hora de la salida.   Muchas bocas escupían la malvada palabra: ¡cuchara, cuchara, cuchara! De los gritos se pasó a los empujones y de ahí a los golpes. El regaño fue lo de menos pues el niño no entendió la reprimenda que le asestaron  en la dirección de la escuela. La camisa rota, algunos arañazos y el ojo morado fueron los saldos de aquel equívoco. Con el paso de los días todos olvidaron el incidente y el niño de Mixcoac aprendió a decir cuchara en inglés.

   Octavio Paz era el nombre de aquel niño quien no sólo aprendió a decir spoon sino que se convertiría en un magnífico  poeta y en  un estupendo traductor.

*Director de la revista Leer en Bicicleta.

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