El tesoro del tercer patio del Carolino

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Por Héctor Padilla Lozano

Al salir expulsados los jesuitas en 1767, de la Nueva España, entregaron el edificio a las autoridades civiles y para dicha tarea encargaron a un fraile de nombre Toribio que hiciera las diligencias correspondientes. Al llegar los funcionarios del gobierno, fray Toribio los pasó, les enseñó el edificio y todo lo que contenía, cumpliendo al pie de la letra la orden que se le dio. Una persona se enteró de la gran noticia, un tesoro había sido escondido tiempo atrás en algún lugar del tercer patio del edificio Carolino, según noticia en primera plana del periódico La Opinión el 11 de marzo de 1936. La versión fue la siguiente:

Cuando los funcionarios estaban en el jardín admirando la construcción, Frayle Toribio aprovechó para desaparecer por un subterráneo que cerró convenientemente, saliendo por la calle de Infantes (3 oriente). También se sabía, que el túnel comunicaba el Colegio Carolino con el cerro de Amalucan y con algunos colegios jesuitas como el de san Jerónimo (Hoy Facultad de Psicología).

Cuando los funcionarios estaban en el jardín admirando la construcción, Frayle Toribio aprovechó para desaparecer por un subterráneo que cerró convenientemente, saliendo por la calle de Infantes (3 oriente). También se sabía, que el túnel comunicaba el Colegio Carolino con el cerro de Amalucan y con algunos colegios jesuitas como el de san Jerónimo (Hoy Facultad de Psicología).

Se mantuvo durante muchos años la versión de que antes de entregar el inmueble, el jesuita había enterrado bustos de los doce apóstoles labrados en oro puro y con una dimensión de 75 centímetros, así como un busto, también de oro puro de san Ignacio de Loyola que tenía incrustada una cruz de brillantes. Además, de otros objetos de gran valor como monedas, esculturas, piedras preciosas. El tesoro quedó ubicado en unos pequeños altares del subterráneo y el único testigo fue un ayudante del jesuita, que prometió no revelar el secreto. La promesa fue cumplida hasta que en la hora de su muerte lo rebeló a su hijo y éste, a su vez lo dijo al suyo. El “secreto” fue trasmitido de generación en generación hasta que por fin llegó a oídos del periodista.

El supuesto camino para llegar al tesoro fue revelado: se pensaba que los altares se encontrarían cerca de lo que se conocía como las antiguas tres capillas: una donde estaba el salón de conferencias, (Proyecciones,) otra en el desaparecido Gabinete de Física, hoy salón Barroco, y la última en el Paraninfo, para dar con el tesoro el buscador debía situarse en uno de los frisos de cantera de alguna de estas capillas, contar 72 lozas y bajo la última, se encontraría otra que tendría una argolla que al jalar daría paso al objetivo.

Pero ya en 1936 el edificio había sufrido muchos cambios y por lo tanto, se tenía que identificar primero el friso, luego la loza, y finalmente la argolla que llevaría al tesoro. Pero para iniciar la búsqueda se tenía que solicitar licencia a la oficina Federal de Hacienda, que en todo caso le correspondería el 25% del valor.

Por alguna razón, apareció tal noticia inquietando a los aún colegiales y a la población de la ciudad, la noticia –por cierto, sin fundamento alguno- se convirtió en un problema pues más de un rector o responsable del edificio excavaron por todo el inmueble sin encontrar jamás el supuesto tesoro.

El desconocimiento de lo realmente ocurrido la noche de la primera expulsión de los jesuitas originó un gran daño al edificio, en esa búsqueda fue particularmente hurgado el tercer patio en donde estuvo la Casa de Ejercicios Espirituales jesuita.

 


Fuente: Seguimientos hemerográficos. La Opinión, diario de la mañana. AHU. Casa de la Memoria Universitaria

Estudiante de 18 años, me gustan los deportes y la música, acompañados de buena comida. Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo.

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